No se imaginaba el alférez Eduardo Sánchez Llanos (1891-1937), comandante del puesto de la Guardia Civil de San Pedro Alcántara, a comienzos del verano de 1936, cuál iba a ser su trágico destino en los próximos seis meses.
Sánchez Llanos había llegado a esta localidad a finales de 1935, después de recorrer el territorio español de norte a sur, siguiendo la estela de sus ascensos, desde La Coruña como guardia de segunda clase de Caballería en 1914, pasando por Toledo, Córdoba ó Burgos, adonde llegó con la graduación de sargento en 1928.
Un itinerario ligado al lugar de nacimiento de sus hijos, fruto del enlace con María Sánchez Quesada, natural de Pozuelo de Calatrava (Ciudad Real), como él. Así, Eduardo había nacido en La Coruña en 1916, Mateo en Cuenca en 1917, Cándido en Almagro en 1920 y Carmen también en Almagro en 1921, Miguel en Benamejí en 1929 y Federico en Tomelloso en 1931.
Vivía con su familia en la calle Revilla (actual acera sur de la plaza de la Iglesia), junto con el resto de guardias civiles del destacamento, cuando se produjo la sublevación contra la República el 18 de julio de 1936. Al igual que ocurrió en la mayoría de los cuarteles de la Guardia Civil de la nación, se mantuvo expectante en los primeros momentos, tras los cuales se puso al servicio del legítimo gobierno constituido en un pueblo en el que las activas Juventudes Socialistas inclinaron desde el primer momento la balanza hacia el lado republicano.
En enero de 1937 “los vecinos compañeros obreros de la pedanía de San Pedro Alcántara” solicitaron al Ayuntamiento de Marbella que al ahora capitán Eduardo Sánchez Llanos, de la entonces denominada Guardia Nacional Republicana se le concediese el título de hijo adoptivo por haber “actuado allí en forma digna y plausible”, según recoge el acta del pleno celebrado el 13 de ese mes.
Sin embargo, los concejales, todos de Marbella y la mayoría anarquistas, se negaron argumentando que el capitán no hizo nada más que cumplir con su deber y que ese tipo de distinciones eran “costumbres anticuadas que hoy es preciso desterrar de las prácticas administrativas”. No obstante, consideraron que podían rendirle otro tipo de homenaje.
Y así se recogió en el punto 3.º del acta de la sesión plenaria, que quedó incompleta, pues en el punto 7.º sólo aparece la cifra, el resto en blanco, ya que Marbella fue ocupada por las tropas del bando nacional el 17, dos días después de haberlo hecho en San Pedro Alcántara.
Un mes más tarde, uno de los primeros condenados a muerte por los consejos de guerra en Málaga, tras la entrada de las tropas vencedoras en la capital fue el capitán Eduardo Sánchez Llanos. Junto con otros oficiales y suboficiales del Ejército, Carabineros y la Guardia Civil, fue fusilado el 12 de febrero de 1937.
Transcurrido el tiempo, su hijo Eduardo Sánchez Sánchez fue durante muchos años maestro, y director del Colegio Público San Pedro Alcántara. Una hija de éste, por tanto nieta del capitán Sánchez Llanos, Francisca Sánchez, casó con José Moreno Naranjo, también maestro, compañero en el Colegio Público La Azucarera y amigo de muchos años y a quien comenté el 23 de diciembre de 2016 (tres días antes de que falleciera durante una subida a La Concha), la intención de publicar este artículo el 13 de enero de 2017, cuando se cumplen 70 años del pleno municipal de 1937 en el que se le negó el título de hijo adoptivo al capitán de la Guardia Nacional Republicana Eduardo Sánchez Llanos.
Para más detalles puede consultarse Alcalá Marín (1988) y Prieto Borrego (en especial 1998 y 2013).

La Villa de San Luis alberga en la actualidad la Tenencia de Alcaldía de San Pedro Alcántara. Fue mandada construir por la familia Cuadra, propietaria de la colonia en la década de 1880. Su relevancia viene dada por ser uno de los testimonios arquitectónicos más notables de la antigua explotación agraria, el único de carácter civil que nos queda en la plaza de la Iglesia, situado junto al templo que da nombre a este espacio urbano.

En el artículo publicado en la revista Vivencias de Hermandad, n.º 7, pp. 44-49, año 2015, se desvelan algunas claves para conocer la historia del edificio y la de la familia que lo habitó hace ya más de un siglo, además de su municipalización en los años 40 del sigloXX:

Linda Vista. La Villa de San Luis y la familia Cuadra. PDF

 

 

 

 

 

 

 

La niña de la fotografía es María del Carmen Carvajal y del Alcázar, biznieta del marqués del Duero. La vemos acompañada de su madre. Su padre, Manuel Bernardino Carvajal y Gutiérrez de la Concha, nieto del fundador de San Pedro Alcántara, había fallecido. Por lo cual era llamada en la prensa de la época «la marquesita del Duero», como heredera de dicho título, y de otros como el marquesado de Revilla y los condados de Cancelada y Lences, que había poseído la esposa del marqués del Duero, pero también de algunos más que le llegó por parte del yerno de éste, siendo el ducado de Abrantes el más importante.

Al lector interesado lo remitimos al artículo publicado en la revista número 6 de la Hermandad de San Pedro de Alcántara, publicada en octubre de 2014, donde a través de lazos familiares, el autor (José Luis Casado Bellagarza), defiende que el nombre de la colonia, San Pedro Alcántara, se debe al cariño y admiración que sentía Manuel Gutiérrez de la Concha por su madre, Petrona o Petra de Irigoyen, nombre que también llevaría su única hija: Petra de Alcántara Gutiérrez de la Concha. Ya que la devoción de la familia iba más por la Virgen del Carmen, como se demuestra con algunos documentos que se aportan en el citado artículo, que se puede descargar aquí:

SanPedroAlcantaraTieneNombredeMujer

 

En 1992 se publicó el número 1 de la revista Rosa Verde, editada por la asociación cultural del mismo nombre que agrupaba sobre todo a alumnos, exalumnos y profesores del Centro de Educación de Adultos de San Pedro Alcántara.

El articulo principal se titulaba «Así nace un pueblo. Vida y costumbres de San Pedro Alcántara (Años 1860-1960)», y fue el resultado de combinar los trabajos de dos equipos de alumnas que en el curso 1988-1989 habían investigado sobre la localidad, basándose en lecturas, entrevistas y recogida de material gráfico, con la coordinación del profesor del centro José Luis Casado Bellagarza, responsable del Taller de Historia Local.

Las alumnas del primer equipo fueron: Milagros Cabanillas, María José González, Clotilde Guerrero, Amalia Herrera, Isabel Periáñez y Antonia Sedeño. Y las del segundo: Remedios Alcántara, Dolores Gil, Francisca Moreno, Inmaculada Navarro y María José del Pino.

Las fotografías cedidas pertenecían a Carmen Durán, familia López, Pepi Beltrán y al Archivo Díaz de Escovar, aunque bien pudieran haber más donantes de imágenes.  Ahora que en las redes sociales se copian y se vuelve a copiar fotos sin citar su origen dejamos aquí constancia de nuestro agradecimiento a aquellas personas que colaboraron en esta primera recopilación de fondos fotográficos que se hizo en San Pedro Alcántara.

Los entrevistados, a los que también queremos dar las gracias por su ayuda en la confección de los trabajos, en número de 31, son nombrados en el artículo donde se recoge el magnífico resultado que lograron las alumnas y que puede verse completo en un archivo de PDF en el enlace: RevistaRosaVerde01AsiNaceUnPuebloPags11a38.

 

Contraportada del libro San Pedro Alcántara y su Semana Santa, de José Castellano

Cada ciencia tiene su vocabulario específico. Así, en la heráldica a los colores se les llama esmaltes y al verde intenso se le denomina sinople. Y tiene su simbología, el sinople representa la esperanza, pero también la constancia, la intrepidez o la amistad, como la que me une con Juan Andrés Duarte, quien me recuerda un texto publicado en este blog donde se recogía cómo en 1934 un grupo de sampedreños lograron la autorización del alcalde de Marbella para procesionar el Viernes Santo a la Virgen de la Soledad, en uno de esos años convulsos para el culto en la calle de imágenes religiosas. Uno de aquellos minoritarios e intrépidos creyentes era abuelo de otro amigo que este viernes de 2014 ha repetido el hecho: Manuel Osorio, con una constancia familiar de 80 años, que son los que separan estas cifras del calendario.

La Semana Santa de San Pedro Alcántara es modesta, como corresponde a una ciudad joven en el tiempo. Pero esto no le quita que sea una celebración llena de colorido y fervor multitudinario en los desfiles que transcurren de día y de recogimiento y silencio los de noche y de madrugada. Y esta primavera la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Soledad (que quizá sea la entidad que saca más tronos a la calle de la provincia, pues lo hace desde el Domingo de Ramos al de Resurrección), a pesar de su precaria situación económica ha editado un libro: San Pedro Alcántara y su Semana Santa. Crónica histórica de su manifestación externa (1934-2013), que incluye los pregoneros y otros artículos complementarios.

Su autor, José Castellano, que luce en la chaqueta de su solapa un escudo virtual repleto de sinople, es un hombre de exquisito trato, aguda inteligencia y amplia cultura. Y ha tenido el mérito de explotar al máximo la escasa información que poseemos de este hecho religioso para lograr una obra que aporta varias lecturas en una, escrita con un estilo fluido y personal, sin escatimar críticas, ya sean positivas o negativa. Castellano, que no se considera cofrade a priori, impulsó la creación de una asociación germen de la actual cofradía cuando era responsable en la década de 1970 de la Alcaldía de barrio de San Pedro Alcántara, al igual que promovió una banda de música y luchó por conseguir mejoras para su pueblo. Todo esto se refleja en el libro que es una historia de la Semana Santa de San Pedro Alcántara, pero no sólo de la Semana Santa.

Es la propia historia de José, de Manuel, de Juan Andrés y la de otros hombres y mujeres, mayores y jóvenes. Es la historia de muchos que nos negamos a que a San Pedro Alcántara se le prive de la gestión de lo más cotidiano, incluso de llamarlo pueblo y que se le borre sistemáticamente, mediante ordeno y mando, cualquier emblema que pueda identificarnos como colectividad, como ese escudo que aparece en la portada del libro que comentamos. Y en el cual su diseñador, Fernando Alcalá, empleó como fondo del mismo el esmalte verde, sinople, en alusión a las vegas plantadas de caña de azúcar por el marqués del Duero, el césped de los nuevos jardines de la época del turismo y también, en palabras textuales de don Fernando, porque es “símbolo de esperanza, la que expresan sus habitantes que desean un futuro de independencia”.