Estos días se ha completado la restauración de la sembradora de cereales “Lamusa” de El Ángel, latifundio que pasó a la inactividad agraria en 1962, después de comprarla José Banús para urbanizarla como Andalucía la Nueva, y que desde 1995, tras el derribo del poblado de la antigua colonia agrícola y antes fundición de hierro por GIL (Jesús Gil y sus colaboradores necesarios), pasó a dependencias municipales.
La sembradora, con gran deterioro, ha resistido el paso del tiempo a la intemperie mejor que la otra máquina que se conserva de El Ángel, una trilladora, cuya armazón de madera es prácticamente irrecuperable. Su estado en 2009 se puede observar en este blog:

Ha costado tiempo y trabajo, incluyendo solicitudes constantes de quien esto escribe. Por fin, gracias a la gestión del Área de Cultura de San Pedro Alcántara se ha restaurado y pronto lucirá al público la “Lamusa”
La máquina permitía la siembra de cereal, con menos desperdicio de semilla que si se hacía a mano y con ahorro de tiempo, alcanzando una producción mayor y más económica. Así se dice en su folleto explicativo, rescatado de la destrucción por Domingo Romero, que se los pasó a Salvador Espada, quien me lo facilitó para consultarlo.
El grano depositado en el cajón salía a través de 15 bocas en el caso de nuestra máquina (a la que faltan algunos de los tubos finales de salida), y se depositaba en la tierra tras haber roto las rejas su costra superficial, acto seguido se cerraba el surco para tapar el grano.
Tiene una anchura de trabajo de 2,45 metros y aunque lleva un asiento para un operario en caso de emplear arrastre animal, se aconsejaba utilizar un tractor de 15 HP (caballos de fuerza). Esto no era problema, ya que en la explotación, a finales de la década de 1950, además de la segadora, existían tres tractores de 25 HP y uno de 40 HP, según fuentes del Archivo Histórico Provincial de Málaga. Desconocemos el destino de estos tras la destrucción llevada a cabo por el ayuntamiento, al igual que de otras máquinas como segadoras, cultivadores, o un camión “Unimog”. La anchura total es de 2,95 metros, y su peso de unos 700 kilos, según Cristina Moreno, de la empresa “Menia”, encargada de la restauración. Además del nombre comercial tiene inscrito el lugar de fabricación, Huesca, y el número de patente, 200.484.
El Ángel, con 940 hectáreas de extensión, era la gran finca agrícola y ganadera que permanecía activa en Marbella y toda la comarca de la costa occidental malagueña. Perdura la merecida fama de sus naranjas, que en el año agrícola de 1958-59 suponía el 43 por ciento de los ingresos, con casi dos millones de pesetas.
Sin embargo, la producción de trigo la convertía en el granero del municipio, deficitario secular de este elemento básico de la alimentación. El citado alcanzó la cifra de algo más de setecientas cincuenta mil pesetas, y el anterior rondó el millón de pesetas al venderse 194.963 kilos del preciado grano. La sembradora “Lamusa” era una pieza fundamental en el logro de la preciada semilla.
Por todo esto merece conservarse.

El 23 de noviembre de 1918, la Corporación Municipal de Marbella agradecía al diputado a Cortes por el distrito, Eduardo Ortega y Gasset, el envío recibido “para la aplicación a enfermos invadidos por la epidemia reinante de la grippe [término francés], sin distinción de clases ni personas, de cincuenta tubos de suero equino y cincuenta cajas con ampollas de aceite alcanforado”, según el acta capitular de ese día.

Remedios que no curaban la terrible pandemia que durante 1918 y 1919 produjo 50 millones de muertos en todo el mundo, 250.000 de ellos en España. Pero políticos, y científicos, pretendían mantener su prestigio ante la sociedad, según indica en su tesis María Isabel Porras.

Al menos, el suero equino aumentaba las defensas del cuerpo. Al contrario de productos milagros anunciados en los periódicos, como Listerine, publicitado como un antiséptico ideal para prevenir la enfermedad.

La mal llamada gripe española tuvo varias fases, la inicial fue en la primavera de 1918. Lo peor acaeció durante la segunda, en el otoño del mismo año, los primeros infectados de Málaga se produjeron en Antequera durante el mes de septiembre, propagada por soldados procedentes de Córdoba, según publicó Elías de Mateo en el Anuario de la Real Academia de San Telmo. De Antequera pasó a Marbella. La tercera etapa, con menos virulencia, se desarrolló en la primavera de 1919.

Consultada la prensa provincial, se puede saber que el 27 de septiembre había 10 infectados en la colonia de El Ángel, la zona más castigada de Marbella, con sus 309 habitantes (censo de 1920), suponía un 3,24 por ciento, una situación que tardaría un mes en mejorar.

Datos que no podemos considerar exactos, ya que por ejemplo en la estadística del Registro Civil, recogida por Antonio Maíz en su Geografía Médica de Marbella, no consta ninguna defunción por gripe en el decenio 1911-1920, que habría que buscar en otras causas como bronquitis o neumonía, o en otros motivos que aumentan en un 50 por ciento en relación a otros años, como tuberculosis pulmonar, vejez o debilidad congénita.

En San Pedro Alcántara a comienzos de noviembre existían 23 casos, un 1,30 por ciento de sus 1.769 vecinos, una tasa mayor que la del conjunto del municipio que se situaba en un 0,81 por ciento, con 79 casos, de 9.704 habitantes, un número que aumentaría hasta 181 infectados, según La Unión Mercantil del 9 de noviembre, lo que haría subir a un 1,87 el porcentaje.

Pero sin duda fue Estepona, con una población similar, 10.047, donde la gripe alcanzó cotas más alarmantes, al mantenerse durante más tiempo con más afectados y defunciones, así a comienzos del fatídico mes de noviembre se contabilizaban 407 infectados, un 4,05 por ciento de la población, y 3 muertos, y una semana después había 389 infectados y 11 defunciones.

Las causas de la propagación hay que buscarla en varios factores, el contacto con personas de fuera, llegada de soldados en el caso de Antequera, el comercio marítimo en los casos de Marbella, o Estepona, con una importante flota para sus productos agrarios y pesqueros, y en San Pedro Alcántara podría deberse a los jornaleros que llegaban para trabajar en las cosechas. Y naturalmente el mal estado sanitario de las poblaciones, con habitantes hacinados en sus casas e incluso chozas.

La gripe no respetaba clases sociales, el propio rey Alfonso XIII y algunos de sus ministros se contagiaron, al igual que el obispo de Málaga, Manuel González. Sin embargo, la mortalidad se cebó en los más pobres, debido a sus escasos recursos para acceder a medicinas y medidas de protección, y a su ya débil estado de salud, por su precaria alimentación e higiene. Así, se decía: — ¡La gripe no mata, lo que mata es el hambre!

 

 

 

 

Se puede consultar en la Biblioteca Municipal de San Pedro Alcántara, donada por José Luis Casado, la obra publicada por la editorial LID en 2011 y dirigida por Antonio Parejo, Cien empresarios andaluces, que recoge las biografías de aquellos que más destacaron entre el siglo XVIII y la actualidad.

Relacionados con la comarca de la Costa del Sol Occidental se seleccionaron los cinco que siguen, con sus autores; entre corchetes su iniciativa más significativa:

RICARDO VILLAR SIGISMONDI (1912-1987). [Automóviles Portillo]

José Bernal Gutiérrez

MANUEL GUTIÉRREZ DE LA CONCHA E IRIGOYEN. MARQUÉS DEL DUERO (1808-1874). [Colonia de San Pedro Alcántara]

José Luis Casado Bellagarza

RICARDO SORIANO (1899-1970) [Hotel El Rodeo]

Ana María Mata Lara

JOSÉ LUQUE MANZANO (1916-1984) [Hotel El Fuerte]

Lucía Prieto Borrego

ALFONSO HOHENLOE ITURBE (1924-2004) [Hotel Marbella Club]

Antonio Rodríguez Feijóo

 

Además, el libro contiene la biografía de:

JOSÉ BANÚS MASDEU (1906-1984) [Urbanización Nueva Andalucía]

José Luis Gutiérrez Molina

Que había aparecido en Los cien empresarios españoles del siglo XX, publicada el año 2000 por la misma editorial

 

 

 

 

Fernando Alcalá Marín publicaba, el 3 de noviembre de 1979 en el diario SUR, un artículo titulado “Nueva defensa del casco antiguo de Marbella”, para dar a conocer la historia de Marbella y para intentar que el patrimonio que había generado se conservara de la mejor forma posible.

Si en el ámbito general, Alcalá no dudaba en calificar de inoperancia y negligencia a la Administración, y de pasividad e irresponsabilidad a los particulares, en el caso concreto de Marbella instaba a tomar conciencia de la conservación a las autoridades, los técnicos y al pueblo, especialmente a los docentes. Por su parte se comprometía a seguir en la tarea de divulgar la riqueza histórico-artística.

Algo que hizo a través de multitud de artículos publicados en varios periódicos, como éste que citamos de 1979, el mismo año que se editaba su obra San Pedro Alcántara (la obra bien hecha del marqués del Duero). Y un año después de que había aparecido Marbella, esa desconocida (Inventario y defensa del patrimonio histórico de la ciudad), un subtítulo suficientemente aclarativo de las intenciones del autor.

Por ello, no estaría de más recopilar sus distintas series de artículos, esa abundante obra dispersa, mediante la cual difundió la historia del municipio en distintos periódicos y revistas.

A la vez que se podría organizar, en al archivo o biblioteca municipal, una sección con la documentación y biblioteca que atesoró don Fernando. Al igual que existe en Málaga el legado de Narciso Díaz de Escovar en el archivo del mismo nombre, o el de Juan Temboury en la Biblioteca de la Diputación. Su familia quizá lo vería con buenos ojos, porque perduraría su memoria y sería muy útil sobre todo para los jóvenes historiadores.

Tema distinto es el interés de los responsables municipales. Tan cicateros con la conservación y divulgación del patrimonio histórico local. Y medrosos de que pueda ayudar a historiadores y asociaciones en la defensa conservacionista, tanto que desde que falleció Alcalá Marín, en 2016, no se haya cubierto la plaza de cronista oficial de la ciudad, que si bien es honoraria, podría resultar inconveniente si el cronista criticase de forma “oficial” la gestión pública del patrimonio.